La
victoria de las
fuerzas internacionalistas voluntarias cubanas sobre el régimen de
Sudáfrica, junto a los hermanos angolanos y namibios, condicionó la
caída del fascismo supremacista blanco, del apartheid nuclear, pues
se conocía que Sudáfrica disponía en su arsenal de una cantidad
tres veces mayor de bombas atómicas que las que lanzó EE. UU contra
niños, mujeres y ancianos en Hiroshima y Nagasaki.
Sin
embargo, cuando termina una guerra justa y victoriosa, comienza otra:
la guerra contra la tergiversación de la verdad, la guerra por la
verdad. Esta regularidad se cumple sobre todo después de las
victorias sobre el fascismo: Europa, 1945 y África, 1988. Y se
cumple otra: ambas victorias antifascistas las alcanzó el
Socialismo.




